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Crónicas de Barrio

La impostora en mi cama: el escalofriante secreto que mi empleada descubrió en el sótano

7 min de lectura

Estás en la parte 2: la historia continúa y la verdad es más oscura de lo que imaginas…

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Carlos pegó el rostro a los barrotes de la pequeña rejilla, ignorando el óxido que manchaba su piel.

—¿Elena? ¡Elena! —gritó, esta vez olvidando cualquier precaución.

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Desde el fondo de la celda improvisada, una figura se arrastró penosamente hacia la luz.

Cuando la cara de la mujer emergió de las sombras, Carlos sintió que se le escapaba la vida por los pies.

Era ella. Pero era una versión marchita de su esposa.

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Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos y rodeados de ojeras violáceas, y los labios agrietados por la deshidratación.

Su ropa, el mismo camisón azul que él recordaba haberla visto usar la noche que «desapareció» por unas horas antes de volver «cambiada», estaba hecha jirones.

—¡Carlos! ¡Sácame de aquí, por favor! —Elena estiró una mano delgada a través de los barrotes.

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Él la tomó entre las suyas. Estaba ardiendo en fiebre.

Y allí estaba, en el dedo índice de la mano derecha, la pequeña cicatriz en forma de media luna.

—¿Quién es la mujer que está arriba? —preguntó Carlos, llorando sin consuelo mientras intentaba forzar la cerradura de hierro con sus propias manos, en un acto inútil de desesperación.

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—Es Marta… —logró decir Elena antes de romper en un ataque de tos—. Mi hermana gemela, Carlos. La que creíamos que había muerto en aquel accidente en el extranjero hace años.

Carlos se quedó de piedra.

Elena le había contado una vez sobre una hermana problemática, una mujer que siempre había envidiado su vida, su fortuna y su estabilidad.

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Pero todos en la familia creían que Marta había fallecido en un incendio en Europa.

—Nunca murió —continuó Elena, recuperando un poco de aire—. Planeó esto durante años. Me interceptó en el jardín hace tres semanas. Me sedó… me arrastró hasta aquí. Ella conoce cada detalle de mi vida, Carlos. Estudió mis fotos, mis videos, mis diarios…

—Pero yo… yo dormí con ella —dijo Carlos, sintiendo una náusea profunda que le subía por la garganta—. La besé. ¿Cómo pude ser tan ciego?

—Ella es una actriz, Carlos. Y se hizo cirugías para borrar las diferencias que el tiempo nos había marcado. Por favor, sácame de aquí antes de que ella baje. Ella baja todas las noches a las cuatro de la mañana para traerme un poco de agua y para… para burlarse de mí.

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Carlos miró su reloj. Eran las tres y cuarenta y cinco.

—Lucía, busca una herramienta, algo para romper este candado —ordenó Carlos, tratando de recuperar el control de sus sentidos.

—No hay tiempo, patrón —dijo Lucía, mirando hacia la escalera con terror—. Si forzamos la puerta, el ruido la despertará. Ella tiene una pistola, la vi guardarla en el cajón de su mesita de noche.

Carlos sintió que el pánico lo paralizaba, pero el amor por su verdadera esposa fue más fuerte.

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Se pegó de nuevo a la rejilla.

—Elena, escúchame bien. Voy a subir. Voy a actuar como si nada pasara. Voy a llamar a la policía desde mi estudio y vendrán a rescatarte. No puedo arriesgarme a que ella te haga algo si me enfrento a ella aquí abajo sin armas.

—¡No me dejes sola otra vez! —suplicó Elena, apretando sus dedos con una fuerza sorprendente para su estado.

—No te voy a dejar, mi vida. Te juro por mi madre que para el amanecer estarás a salvo.

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Carlos le dio un beso en los dedos a través del hierro, un gesto cargado de una promesa solemne.

Luego, junto a Lucía, volvió a subir las escaleras en silencio.

Cada paso le pesaba como si llevara bloques de plomo.

Al llegar a la cocina, Carlos le indicó a Lucía que se encerrara en su habitación y no saliera por nada del mundo.

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Él, por su parte, caminó hacia el estudio.

Pero justo cuando iba a entrar para tomar el teléfono, escuchó un sonido que le heló la sangre.

Unos pasos suaves, descalzos, bajaban por la escalera principal.

Carlos se ocultó en las sombras del pasillo, conteniendo la respiración.

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Era ella. La impostora.

Marta bajaba las escaleras envuelta en una bata de seda roja.

Su rostro, que hasta hace unos minutos le parecía el de su amada esposa, ahora se le antojaba una máscara grotesca, una burla de la naturaleza.

Vio cómo ella se dirigía a la cocina. Escuchó el sonido de un vaso llenándose de agua.

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Luego, la vio caminar hacia la cortina de terciopelo que ocultaba la puerta del sótano.

Marta llevaba algo en la mano que no era agua. Era una jeringuilla.

Carlos comprendió en ese instante que no podía esperar a la policía.

Marta no iba a alimentar a su hermana esa noche. Iba a terminar el trabajo.

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Con el corazón martilleando contra sus costillas, Carlos buscó algo con qué defenderse.

Encontró un pesado pisapapeles de bronce en una mesa auxiliar.

La siguió en silencio absoluto.

Marta ya había abierto la puerta del sótano y estaba bajando los escalones.

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Carlos llegó al borde de la escalera y la vio allí abajo, de espaldas, frente a la celda de Elena.

—¿Sabes qué día es hoy, hermanita? —dijo Marta con una voz que ya no intentaba imitar la dulzura de Elena, sino que era cargada de un odio puro y destilado—. Hoy se cumplen tres semanas. El tiempo suficiente para que los abogados terminen los documentos del fideicomiso. Carlos ya firmó casi todo, creyendo que era para nuestra «fundación benéfica».

Elena, desde adentro, no respondía. Solo se escuchaba su respiración agitada.

—En unas horas, Carlos tendrá un «accidente» —continuó Marta, preparando la jeringuilla con una frialdad que espantaba—. Y yo quedaré como la viuda desconsolada, dueña de todo lo que siempre debió ser mío. Pero tú… tú no puedes estar viva para verlo.

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Marta introdujo la mano con la jeringuilla a través de los barrotes.

—¡No! —gritó Elena.

Fue entonces cuando Carlos saltó desde los últimos escalones.

—¡Déjala, maldita! —rugió él.

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Marta se giró con una agilidad felina, soltando la jeringuilla y sacando un pequeño cuchillo que llevaba oculto en la bata.

Sus ojos, los mismos ojos que Carlos había amado, ahora estaban inyectados en odio y locura.

—¡Carlos! ¡Qué sorpresa! —dijo ella, soltando una carcajada escalofriante—. ¿Así que la sirvienta te trajo de paseo?

—Sé quién eres, Marta —dijo Carlos, levantando el pisapapeles—. Suelta eso ahora mismo.

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—¿O qué? ¿Me vas a golpear? —ella dio un paso hacia él, balanceando el cuchillo—. No tienes el valor. Eres un hombre débil, Carlos. Por eso fue tan fácil engañarte. Por eso te metiste en mi cama cada noche sin notar que no era ella.

Esas palabras fueron como una estocada en el orgullo de Carlos.

—¡La policía está en camino! —mintió él, tratando de ganar tiempo.

Marta vaciló un segundo, mirando hacia la escalera.

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Ese segundo fue todo lo que Carlos necesitó.

Se abalanzó sobre ella, pero Marta era más rápida.

El cuchillo le rozó el brazo, rasgando su camisa y dejando un surco de sangre.

Forcejearon en la penumbra, entre cajas y polvo.

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Carlos era más fuerte, pero ella luchaba con la ferocidad de un animal acorralado.

De repente, un golpe seco resonó en el sótano.

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