Sabías que el silencio de esa biblioteca escondía algo mucho más profundo, y aquí estás para descubrir la verdad que nadie se esperaba.
El aire en la biblioteca de la mansión de los Alcázar siempre había tenido un aroma particular: una mezcla de madera de caoba envejecida, cuero de encuadernaciones antiguas y ese rastro sutil de jazmín que Doña Elena solía usar desde su juventud. Sin embargo, esa tarde, el ambiente se sentía pesado, casi irrespirable. No era el polvo acumulado en los estantes más altos lo que asfixiaba, sino la densa capa de traición que flotaba entre las sombras de la habitación.
Doña Elena permanecía inmóvil en su silla de ruedas, con la espalda erguida a pesar de sus ochenta años y sus manos huesudas descansando sobre una manta de lana. Sus ojos, ocultos tras unas gafas de sol oscuras y pesadas, parecían fijos en un punto inexistente de la gran ventana que daba al jardín. Para cualquiera que entrara, ella era solo un mueble más, una reliquia del pasado que ya no podía percibir el mundo que la rodeaba.
A pocos metros de ella, el sonido de un cajón abriéndose con brusquedad rompió la calma. Era Rodrigo, su único sobrino, el hijo de su hermana menor que ya había partido. Rodrigo siempre había tenido una sonrisa fácil y palabras dulces para su tía, pero en ese momento, su rostro estaba transformado por una avaricia que deformaba sus facciones. A su lado, Vanessa, su asistente personal y cómplice de ambiciones, revisaba febrilmente una serie de documentos que habían sacado del escritorio personal de la anciana.
—¿Estás segura de que no puede vernos, Rodrigo? —susurró Vanessa, aunque su tono no denotaba preocupación, sino una burla cruel.
Rodrigo soltó una risita seca, una que Doña Elena no le conocía. Era una risa que sonaba a desprecio puro.
—Mírala, Vanessa. Está en otro mundo. El médico dijo que la degeneración macular ya hizo su trabajo. No ve más que sombras, y con suerte. Podríamos bailar frente a ella completamente desnudos y pensaría que es una corriente de aire.
Vanessa soltó una carcajada contenida y se acercó a la anciana. Con una audacia que quemaba el alma, pasó su mano a centímetros del rostro de Doña Elena, como si estuviera espantando una mosca molesta. La anciana ni siquiera parpadeó. Su mandíbula se mantuvo firme, su respiración pausada, casi rítmica.
—Es una lástima, ¿no? —continuó la asistente, tomando un pequeño joyero de plata que descansaba sobre una mesa auxiliar—. Tanto dinero, tantas joyas, y ya ni siquiera puede distinguir el brillo del oro. Es un desperdicio que esto siga aquí, acumulando polvo.
—Por eso estamos aquí nosotros, mi amor —respondió Rodrigo, metiendo varios fajos de billetes y unos bonos al portador dentro de un maletín de cuero—. Para darle un mejor uso a la fortuna de la familia. Tía Elena siempre fue una mujer de «caridad», así que consideremos esto su última gran donación hacia mi bienestar.
El cinismo en sus palabras era como una bofetada. Doña Elena recordaba a Rodrigo cuando era niño, corriendo por esos mismos pasillos con las rodillas raspadas. Ella le había pagado los mejores colegios, sus viajes por Europa, incluso las deudas de sus negocios fallidos que nunca llegaron a nada. Siempre pensó que bajo esa fachada de hombre de mundo, aún quedaba el niño que le pedía cuentos antes de dormir. Qué equivocada estaba.
—¿Y qué haremos con el resto? —preguntó Vanessa, señalando las pinturas que colgaban de las paredes—. Ese cuadro de allá parece valer una fortuna.
—Todo a su tiempo —dijo Rodrigo, acercándose a su tía y fingiendo una voz cargada de ternura—. Tía, querida, ya nos vamos. Tenemos que ir a ver a esos abogados para arreglar tus asuntos médicos. Te dejaremos descansando, ¿está bien?
Doña Elena asintió levemente con la cabeza, un gesto frágil que parecía confirmar su total indefensión.
—Vayan… vayan con cuidado, hijos míos —su voz sonó quebrada, pequeña, como el cristal a punto de romperse—. Gracias por cuidar de esta vieja que ya no sirve para nada.
Rodrigo le dio un beso rápido en la mejilla, un contacto que a Elena le supo a veneno. Vanessa, por su parte, ni siquiera se molestó en despedirse; simplemente se colgó el bolso donde ya había escondido un collar de perlas que perteneció a la madre de Elena.
—No digas eso, tía. Sirves para mucho —murmuró Rodrigo con un guiño cómplice hacia Vanessa que la anciana, supuestamente, no podía ver—. Nos vemos más tarde.
Los dos salieron de la biblioteca con pasos rápidos, susurrando entre dientes sobre lo que harían con el botín esa misma noche. El sonido de sus risas se fue apagando por el pasillo hasta que la puerta principal de la mansión se cerró con un eco seco.
En ese instante, el silencio regresó a la biblioteca, pero ya no era el mismo silencio de antes. Era un silencio expectante, cargado de una energía eléctrica que parecía emanar de la propia figura sentada en la silla de ruedas. Doña Elena no se movió de inmediato. Esperó. Contó mentalmente los segundos, conociendo de memoria el tiempo que tardaban en cruzar el jardín y subir al coche.
Cuando el sonido del motor se perdió a lo lejos, la postura de la anciana cambió drásticamente. Su espalda se enderezó con una fuerza que desmentía su edad. Sus manos, que antes temblaban levemente, se cerraron con determinación sobre los apoyabrazos de la silla.
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Muy buena historia, Me encantó.
Buenisimoooo. Me encantó