Sabía que no te detendrías allí, porque el corazón reconoce cuando una historia apenas comienza a mostrar sus cicatrices. Sigamos adelante.
Mateo sentía que el aire se le escapaba de los pulmones, no por la emoción del momento, sino por el frío gélido que emanaba de aquel objeto metálico.
Bajo la seda de la almohada, donde esperaba esconder el anillo de compromiso que le había costado tres años de ahorros, sus dedos tropezaron con algo sólido.
No era una caja pequeña y aterciopelada.
Era un reloj de oro macizo, pesado como una condena, que brillaba bajo la tenue luz de las velas que él mismo había encendido.
Elena, sentada frente a él con un vestido rojo que resaltaba su belleza, palideció al instante.
Sus ojos, que hace un segundo brillaban con la promesa de un «sí», ahora se dilataron por el puro terror.
Mateo retiró la mano lentamente, sosteniendo el reloj por la correa de cuero italiano.
El segundero avanzaba con un tic-tac rítmico que, en el silencio sepulcral de la habitación, sonaba como una cuenta regresiva hacia el desastre.
—¿Qué es esto, Elena? —preguntó Mateo, con una voz que apenas reconocía como suya.
Su garganta estaba seca, como si hubiera tragado arena.
Elena se levantó de la silla con un movimiento torpe, casi tirando su copa de vino tinto.
—¡Mateo, suelta eso! No debías… no debías encontrarlo todavía —exclamó ella, extendiendo la mano con desesperación.
Su voz temblaba, una vibración aguda que delataba una mentira cocinándose a fuego rápido.
Mateo no soltó el reloj. Al contrario, lo apretó con fuerza, sintiendo los bordes afilados de la corona contra su palma.
—Te pregunté qué es esto —repitió él, esta vez con una firmeza que ocultaba el volcán de emociones en su pecho.
—Es… es tu regalo de aniversario, tonto —soltó ella de repente, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¡Me arruinaste la sorpresa!
Mateo la miró fijamente. Su aniversario no era hasta dentro de tres meses.
—Faltan noventa días para nuestro aniversario, Elena. Y este reloj… este reloj cuesta más de lo que ganas en medio año.
Elena se acercó a él, tratando de rodearle el cuello con sus brazos, usando esa calidez que siempre lo desarmaba.
—He estado ahorrando, Mateo. Quería darte algo que estuviera a tu altura, algo que demostrara cuánto te amo.
Él sintió un escalofrío. El perfume de ella, ese aroma a vainilla que siempre lo hipnotizaba, ahora le resultaba sofocante.
Por un segundo, quiso creerle. Quiso pensar que era un gesto de amor desmedido.
Pero había algo en la forma en que ella evitaba mirar el objeto, algo en la forma en que sus manos temblaban contra su camisa.
Mateo recordó las llamadas nocturnas que ella atendía en el balcón, las «reuniones de trabajo» que se extendían hasta la madrugada.
Todo comenzó a encajar como las piezas de un rompecabezas maldito.
—¿Ahorrando? —preguntó Mateo, apartándola suavemente—. Elena, hace dos semanas me pediste dinero prestado para pagar la tarjeta.
Ella se quedó paralizada, con los labios entreabiertos, buscando una nueva salida en el laberinto de sus propias mentiras.
—Fue… fue una estrategia, Mateo. Para que no sospecharas que tenía el dinero para el regalo.
La explicación era absurda, casi infantil, pero ella la sostenía con una intensidad feroz.
Mateo bajó la mirada hacia el reloj. Era una pieza de colección, un cronógrafo que solo se vendía bajo pedido en joyerías exclusivas.
Él conocía bien ese modelo; lo había visto en revistas, soñando con tener uno algún día cuando su negocio de muebles prosperara.
Sentía el peso de la traición quemándole los dedos, pero aún no tenía la prueba definitiva.
O eso creía él.
—¿Por qué estaba debajo de la almohada, Elena? —insistió él, dando un paso atrás.
—¡Porque lo estaba limpiando! —gritó ella, empezando a llorar—. Quería que brillara cuando te lo diera esta noche.
Las lágrimas de Elena siempre habían sido su debilidad, su kriptonita personal.
Cada vez que discutían, una sola gota recorriendo su mejilla bastaba para que Mateo se disculpara, incluso si él tenía la razón.
Pero esta vez era diferente. Esta vez, el brillo del oro era más fuerte que el de sus ojos.
—Dámelo, Mateo. Por favor. Me hace sentir mal que lo veas así, sin el envoltorio, sin la tarjeta…
Ella se abalanzó hacia el reloj, intentando arrebatárselo con una urgencia que rayaba en la violencia.
Ese movimiento desesperado fue lo que terminó de romper la venda de Mateo.
Él levantó el brazo, manteniendo el objeto fuera de su alcance, y caminó hacia la luz principal del salón.
—Si es para mí, no te importará que lo vea de cerca, ¿verdad? —dijo él, con una calma que lo asustaba a él mismo.
Elena se quedó en el centro de la habitación, bajo la luz mortecina de las velas, pareciendo de pronto una extraña.
Mateo giró el reloj. La caja de oro pulido reflejó la luz, cegándolo por un instante.
Buscaba algo. No sabía qué, pero su instinto le gritaba que la verdad estaba grabada en algún lugar.
Sus dedos acariciaron el reverso de la caja, sintiendo una textura rugosa que no debería estar ahí en un reloj nuevo.
Eran letras. Pequeñas, elegantes, grabadas con la precisión de un maestro joyero.
Elena dio un paso hacia atrás, tropezando con la alfombra, su rostro transformado en una máscara de puro pavor.
—Mateo, no leas eso… es… es una dedicatoria personal que aún no he terminado de pagar…
Pero ya era tarde. El destino ya había dictado su sentencia.
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