Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión está a punto de estallar…
Mateo sintió que el mundo se detenía. El ruido del tráfico afuera, el crepitar de las velas, incluso el sonido de su propio corazón pareció desvanecerse.
Solo existían él, el reloj y esas palabras grabadas que se burlaban de su ingenuidad.
Elena estaba inmóvil, como una estatua de sal, esperando el impacto del rayo que ella misma había atraído.
Él no leyó las palabras en voz alta de inmediato. Primero, dejó que el significado se hundiera en su alma.
Recordó cada «te amo» que ella le había dicho esa semana, cada beso antes de irse al trabajo, cada plan que habían hecho para el futuro.
Todo se sentía como ceniza en su boca.
—¿Quién es él, Elena? —preguntó finalmente, con una voz tan baja que era casi un susurro.
—No sé de qué hablas, mi amor. Es para ti, te lo juro por lo más sagrado…
—¡Deja de mentir! —el grito de Mateo retumbó en las paredes, haciendo que los cristales de la vitrina vibraran.
Elena se encogió, cubriéndose la cara con las manos, pero no emitió ningún sonido.
Mateo se acercó a ella, no con rabia física, sino con una decepción tan profunda que dolía más que cualquier golpe.
—Aquí dice: «Para el hombre que detiene mi tiempo». Y debajo hay un nombre.
Él hizo una pausa, esperando que ella tuviera la decencia de confesarlo, de ahorrarle la humillación final.
Pero Elena guardó silencio, solo se escuchaba su respiración entrecortada y errática.
—¿Desde cuándo, Elena? ¿Desde cuándo me ves la cara de estúpido?
Ella finalmente bajó las manos. Sus ojos estaban rojos, pero ya no había arrepentimiento en ellos, solo una fría resignación.
—No lo entenderías, Mateo. Tú siempre estás trabajando, siempre pensando en el futuro, en el negocio, en los ahorros…
—¡Lo hacía por nosotros! —interrumpió él, sacando de su bolsillo la pequeña caja de terciopelo que había ocultado todo este tiempo—. ¡Esta noche te iba a pedir que fueras mi esposa!
Lanzó la caja sobre la mesa. El anillo de diamantes salió rodando, brillando con una pureza que contrastaba con la suciedad de la situación.
Elena miró el anillo y, por un segundo, una chispa de tristeza cruzó su rostro. Pero desapareció tan rápido como llegó.
—Un anillo, Mateo… un anillo y una vida de sacrificios. Él me da lo que tú no puedes. Él no me pide que espere a que el negocio crezca.
Mateo sintió que le daban una bofetada en seco. La mujer que amaba, la que había apoyado en sus peores momentos, lo estaba juzgando por su esfuerzo.
—Así que este reloj… es el precio de tu lealtad. ¿Él te lo dio a ti? —preguntó Mateo, mirando el objeto de oro.
—No —respondió ella, con una honestidad brutal que dolió más que la mentira—. Yo se lo compré a él. Con el dinero que tú me dabas para los gastos de la casa y lo que saqué de nuestra cuenta de ahorros compartida.
El piso pareció desaparecer bajo los pies de Mateo. No solo lo estaba engañando; lo estaba robando para financiar su traición.
Cada centavo que él había ganado sudando en el taller, cada hora extra, cada privación, se había convertido en ese reloj de oro.
—Eres un monstruo —susurró Mateo, sintiendo una náusea violenta.
—Soy una mujer que se cansó de esperar —replicó ella, recuperando una altanería defensiva—. Él me hace sentir viva. El reloj es solo un símbolo.
—Un símbolo de lo poco que valgo para ti —concluyó Mateo.
Se quedó mirando el reloj una vez más. El grabado seguía ahí, recordándole el nombre del otro hombre.
«Julian».
Julian era el nombre del arquitecto que estaba remodelando el edificio donde ella trabajaba. El mismo hombre que Mateo había saludado cordialmente un mes atrás.
La ironía era insoportable. Mateo le había estrechado la mano al hombre que estaba destruyendo su hogar.
—¿Y qué pensabas hacer, Elena? ¿Esconderlo aquí para siempre? ¿Dárselo en nuestra propia cama?
—Iba a dejarte esta noche, Mateo. El reloj era mi despedida… o al menos, la señal de que ya no pertenecía aquí.
Ella caminó hacia el dormitorio y regresó con una maleta que ya estaba lista, escondida detrás del sofá.
Mateo no podía creerlo. Ella ya lo tenía todo planeado. La cena romántica no era para celebrar, era una última farsa antes de huir.
Pero algo no cuadraba. Si ella se iba a ir, ¿por qué el reloj seguía debajo de la almohada de él?
—Me mentiste hasta en eso —dijo Mateo, dándose cuenta de algo—. No ibas a dejarme hoy. Ibas a seguir sacando dinero de la cuenta hasta dejarme en la calle.
Elena no respondió. Se limitó a tomar su bolso, evitando cualquier contacto visual.
—Dame el reloj, Mateo. Es mío. Yo lo pagué.
Mateo soltó una carcajada amarga, una risa que sonaba a vidrios rotos.
—¿Tuyo? Lo pagaste con mi sudor. Con el dinero de la universidad de mis hermanos, con el fondo de emergencia de mi madre.
Se guardó el reloj en el bolsillo del pantalón, ignorando las protestas de ella.
—No te vas a llevar nada que no sea estrictamente tuyo, Elena. Ni un centavo más.
—¡Es un regalo para él! ¡No puedes hacerme esto! —gritó ella, perdiendo la compostura y tratando de abalanzarse sobre él.
Mateo la detuvo con un brazo, manteniéndola a distancia. Ya no sentía amor, solo una lástima profunda por la persona en la que se había convertido.
—¿Sabes qué es lo más triste? —dijo él, mirándola a los ojos por última vez—. Que yo estaba dispuesto a darte el mundo entero, pieza por pieza. Pero tú preferiste robarme una parte para dársela a alguien que no movería un dedo por ti.
Elena forcejeó, gritando insultos que Mateo nunca pensó escuchar de su boca. La máscara de la mujer dulce y comprensiva se había caído por completo, revelando a alguien egoísta y calculadora.
—Vete de aquí, Elena. Antes de que llame a la policía por el dinero que sacaste de la cuenta sin mi permiso.
Ella se detuvo en seco. La amenaza de la ley pareció enfriar su histeria.
Tomó su maleta con manos temblorosas y caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, se giró con una sonrisa maliciosa.
—Quédatelo, entonces. Quédate con el reloj. Pero recuerda que cada vez que veas la hora, sabrás que el tiempo de nosotros se acabó porque yo así lo quise. No eres suficiente hombre para retenerme.
La puerta se cerró con un estruendo que pareció sacudir los cimientos del edificio.
Mateo se quedó solo en el silencio de la sala. Las velas se habían consumido casi por completo, dejando un rastro de cera derretida sobre el mantel blanco.
Se sentó en el suelo, recostado contra el sofá, y sacó el reloj de oro.
La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando el metal precioso.
Todavía no le había contado a Elena el detalle final. El detalle que cambiaría todo en los próximos minutos.
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