Encontré la billetera en el asiento del autobús, gorda de tarjetas y con más efectivo del que yo veía en un mes. Estuve tres paradas debatiendo conmigo mismo. Tres paradas es mucho tiempo cuando tienes hambre.
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Bajé, busqué la dirección del carnet y caminé cuarenta minutos hasta una casa que valía más que todo mi barrio junto. Toqué el timbre con la billetera sudada en la mano y la certeza de estar haciendo lo correcto y lo estúpido al mismo tiempo.
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