Mi hijo de ocho años empezó a llegar del colegio con hambre. Le preparaba almuerzos generosos, pero volvía con la lonchera vacía y el estómago vacío también. Pensé que estaba creciendo, que comía más de la cuenta.
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Un día lo seguí de lejos, preocupado. Lo vi sentarse en un banco del parque, junto a un hombre mayor de ropa gastada. Mi hijo abría la lonchera y partía su almuerzo en dos mitades exactas. Comían juntos, en silencio, como dos viejos amigos.
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