Continuamos con la historia justo en el momento en que la máscara de Elena se cae por completo…
Julián miró a la mujer que acababa de casarse con su padre hace menos de una hora. Bajo la luz de la luna, Elena parecía una villana de una novela antigua, pero esto no era ficción. Era la realidad cruda de una ambición que no respetaba ni los votos sagrados ni los lazos familiares.
—¿Estás sugiriendo que traicione a mi propio padre? —preguntó Julián, forzando un tono que oscilaba entre la sorpresa y una falsa curiosidad. Necesitaba que ella lo dijera todo. Necesitaba que no quedara ni una sola sombra de duda.
Elena sonrió, creyendo que había encontrado un aliado. Se acercó tanto que Julián pudo ver el reflejo de las luces de la fiesta en sus pupilas dilatadas.
—No lo llames traición, querido. Llámalo «optimización de recursos». Alberto ya vivió su vida. Ya tuvo su gloria. Ahora nos toca a nosotros. Él está tan cegado por lo que siente por mí que firmará cualquier papel que yo le ponga enfrente. Con tu conocimiento de las empresas y mi influencia sobre él, para el próximo año, seremos los dueños absolutos.
Ella pasó una mano por la solapa del saco de Julián, acomodándolo con una familiaridad asquerosa.
—Y no te preocupes por la discreción —continuó ella en un susurro cargado de malicia—. Sé cómo mantener los secretos bajo llave. Tu padre nunca tiene por qué enterarse de nuestras… reuniones privadas. Sería nuestro pequeño juego. ¿No te parece excitante? Tener todo el poder y tenernos el uno al otro, justo bajo sus narices.
Julián sintió que la sangre le hervía. Cada palabra era un insulto a la memoria de su madre, a la integridad de su padre y a su propio honor. Pero no se movió. No la empujó. Sabía que si reaccionaba con violencia, ella daría la vuelta a la situación, lloraría, fingiría ser la víctima y su padre, en su enamoramiento senil, le creería a ella.
—¿Y qué pasa si me niego? —soltó él, manteniendo la mirada fija.
La expresión de Elena cambió en un microsegundo. La dulzura fingida desapareció, dejando paso a una frialdad reptiliana. Sus dedos, que antes acariciaban su solapa, ahora se cerraron con fuerza sobre la tela.
—Si te niegas, Julián, te aseguro que para mañana mismo tu padre te habrá desheredado —dijo ella con una voz que cortaba como una navaja—. Le diré que intentaste sobrepasarte conmigo. Que me acosaste en la terraza de nuestra propia boda. ¿A quién crees que le va a creer? ¿A su hijo «rebelde» que siempre se opuso a nuestra relación, o a su amada esposa que llora desconsolada en sus brazos?
El chantaje estaba sobre la mesa. Era una trampa perfecta. Si aceptaba, se convertía en un monstruo. Si se negaba, perdía su herencia y el respeto de su padre. Elena lo miraba con una suficiencia insoportable, convencida de que lo tenía acorralado. Ella no sabía que Julián siempre iba un paso adelante.
—Eres realmente increíble, Elena —dijo Julián con una calma que pareció inquietarla por primera vez—. Nunca había conocido a alguien tan… transparente en su maldad.
—Tómalo como un cumplido —respondió ella, recuperando su sonrisa triunfal—. Entonces, ¿qué dices? ¿Tenemos un trato? ¿O prefieres que empiece a ensayar mis lágrimas para cuando volvamos a entrar?
Julián suspiró profundamente. Miró hacia el salón, donde su padre reía con un viejo amigo, totalmente ajeno a que la mujer que acababa de jurarle amor eterno estaba afuera vendiendo su vida al mejor postor.
—Sabes, Elena —dijo Julián, estirando la mano hacia su propio pecho—, hay algo que olvidaste sobre los eventos de alta sociedad. Siempre hay que estar preparado para los imprevistos técnicos.
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿De qué estás hablando?
Julián metió la mano en el bolsillo interno de su saco y sacó un pequeño dispositivo negro. Era el receptor de un micrófono inalámbrico de alta fidelidad, el mismo que había usado para su brindis. Durante todo el discurso, el micrófono de solapa había estado encendido, y Julián, con un movimiento rápido antes de salir a la terraza, se había asegurado de que el interruptor de la consola principal no fuera apagado por el técnico, a quien le había dado una instrucción muy específica minutos antes.
La cara de Elena se puso pálida, de un color grisáceo que ni el maquillaje más caro podía ocultar.
—No… —susurró ella, retrocediendo un paso.
—Oh, sí —dijo Julián, con una sonrisa que esta vez sí era real—. Verás, el equipo de sonido de esta mansión es de última generación. Los altavoces del jardín están apagados, pero los del gran salón… bueno, esos están transmitiendo cada una de tus palabras con una claridad asombrosa.
Un silencio sepulcral empezó a filtrarse desde el interior de la mansión hacia la terraza. La música se había detenido hacía rato. Las risas se habían evaporado.
Julián se acercó a ella, esta vez siendo él quien dominaba el espacio.
—Dijiste que querías que nuestro «juego» fuera bajo las narices de mi padre. Bueno, concedido. Ahora mismo, trescientas personas, incluyendo a los abogados de la familia, a los socios de la empresa y, por supuesto, a mi padre, acaban de escuchar tu «propuesta de negocios» y tu plan de seducción.
Elena intentó hablar, pero solo salió un jadeo ahogado. Sus ojos se movían frenéticamente de un lado a otro, buscando una salida, una mentira, algo que pudiera salvarla. Pero no había nada. Sus propias palabras, grabadas y amplificadas, eran su sentencia de muerte social y legal.
—Vamos adentro —dijo Julián, extendiéndole el brazo con una ironía mordaz—. Los invitados están esperando la siguiente parte del espectáculo. Y creo que mi padre tiene un par de preguntas sobre ese testamento que querías «optimizar».
Elena se quedó paralizada, temblando. Julián no la esperó. Se dio la vuelta y caminó hacia las puertas de cristal. Sabía que lo que estaba a punto de suceder cambiaría su familia para siempre, pero por primera vez en años, sentía que el aire en esa casa volvía a ser puro.
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