Continuamos con la historia donde la dejamos, justo en el momento en que la generosidad desafía a la carencia…
El almuerzo transcurrió en un silencio cómodo, solo interrumpido por el sonido lejano de las herramientas de los otros mecánicos y el paso de los autos por la avenida.
Don Lorenzo observaba a Mateo con una mezcla de compasión y orgullo. A pesar de su evidente hambre, el muchacho no fue voraz; comía con una educación que denotaba una crianza cuidadosa, algo que siempre le había llamado la atención al viejo mecánico.
—Dígame, Don Lorenzo —dijo Mateo, limpiándose la boca con una servilleta de papel que el viejo le había ofrecido—. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en este taller?
—Uff, muchacho. Ya perdí la cuenta —rio Lorenzo, estirando sus dedos entumecidos—. Entré aquí cuando todavía usábamos carburadores en todos los coches. He visto pasar a tres dueños diferentes. Este lugar ha cambiado mucho, pero los motores… los motores siempre hablan el mismo idioma.
Lorenzo se levantó para buscar un poco de agua. El hambre empezaba a pasarle factura con un ligero mareo, pero se mantuvo firme. No quería que Mateo se sintiera culpable por haber aceptado la comida.
—¿Y el nuevo dueño? —preguntó Mateo, observando cómo Lorenzo guardaba el porta-viandas casi vacío—. He oído que es un hombre joven, que compró este lugar hace poco pero que nadie lo ha visto todavía. Dicen que va a hacer cambios grandes.
Lorenzo hizo una mueca. Los rumores de cambios siempre significaban lo mismo para los hombres de su edad: despidos.
—Eso dicen las malas lenguas, mijo. Que viene alguien de la capital a «modernizar» el negocio. Ya sabes lo que eso significa para viejos como yo. Probablemente traigan máquinas nuevas que lean todo por computadora y nos den una patada a los que todavía usamos el oído y el tacto.
Mateo bajó la mirada, jugueteando con un tornillo que encontró sobre la mesa.
—¿Usted tiene miedo de que lo despidan, Don Lorenzo?
El viejo suspiró, sentándose de nuevo. Sus ojos se perdieron en la entrada del taller, donde el sol golpeaba el pavimento.
—Miedo no es la palabra, muchacho. A mi edad, uno ya le tiene miedo a pocas cosas. Lo que tengo es preocupación. Elena, mi esposa, ha estado mal de la cadera. Los medicamentos son caros y la clínica no perdona. Si me quedo sin este trabajo, no sé cómo vamos a salir adelante. Pero bueno —dijo, dándose una palmada en el muslo para cambiar de ánimo—, no te voy a aburrir con mis penas. Hay que seguir trabajando, que ese motor no se va a armar solo.
Durante el resto de la tarde, Lorenzo trabajó con una energía renovada, a pesar de la debilidad. Mateo, por su parte, estuvo inusualmente silencioso, observando cada movimiento del veterano.
A mitad de la jornada, ocurrió un incidente que puso a prueba los nervios de todos. Don Arturo, un cliente adinerado y de carácter explosivo, entró al taller gritando.
—¡Lorenzo! ¡Venga acá de inmediato! —bramó el hombre, señalando su lujoso sedán alemán—. ¡Me dijeron que el arreglo estaría listo a las tres y ya son las cuatro! ¡Son unos incompetentes!
Lorenzo se acercó con calma, tratando de apaciguar al hombre.
—Lo siento, Don Arturo. Hubo una complicación con la pieza hidráulica, pero ya casi terminamos. Solo faltan unos ajustes…
—¡No me venga con cuentos! —interrumpió Arturo, alzando la voz de forma humillante—. Ustedes son unos muertos de hambre que no saben valorar el tiempo de los demás. Por eso este taller se está cayendo a pedazos. Ya hablé con la administración central. Les dije que si no cambian al personal, voy a retirar mi flota de aquí. ¡Viejos inútiles!
El taller se quedó en silencio. Los demás mecánicos bajaron la cabeza, temiendo la ira del cliente. Lorenzo, humillado, se disculpó de nuevo, bajando la mirada.
Fue entonces cuando Mateo dio un paso al frente. El joven, que hasta ese momento parecía una sombra, se paró frente a Don Arturo.
—Señor —dijo Mateo con una voz que ya no era un hilo, sino un trueno de autoridad—, le pido que le hable con respeto a Don Lorenzo. Él es el mejor mecánico que tiene este lugar y está trabajando bajo un calor infernal para que su auto quede perfecto.
Arturo soltó una carcajada burlona.
—¿Y tú quién eres? ¿El limpia-pisos? Cállate y sigue barriendo, muerto de hambre. Lorenzo, o me entregas el coche ahora o mañana mismo estás en la calle.
Lorenzo tomó a Mateo del brazo, tratando de retirarlo.
—Déjalo, mijo. No vale la pena. El cliente siempre tiene la razón, aunque no tenga educación.
Mateo no se movió. Miró fijamente a Arturo a los ojos, con una serenidad que dejó al hombre desconcertado.
—Mañana veremos quién está en la calle, señor Arturo —susurró Mateo.
El resto de la tarde fue tensa. Don Arturo se llevó su auto media hora después, no sin antes soltar una última sarta de insultos.
Lorenzo estaba agotado. Al final de la jornada, mientras se lavaba las manos con jabón de arena, se acercó a Mateo.
—Gracias por defenderme, muchacho. Pero no debiste hacerlo. Ahora estamos los dos marcados. Si el dueño se entera de que nos peleamos con un cliente como Arturo, estamos perdidos.
Mateo sonrió por primera vez en toda la semana. Una sonrisa enigmática, llena de una seguridad que no correspondía a su ropa manchada de aceite.
—No se preocupe, Don Lorenzo. Descanse esta noche. Mañana será un día diferente.
Lorenzo se fue a su casa caminando, con el estómago vacío y el alma un poco pesada por la incertidumbre. Esa noche, Elena le preguntó por qué no había comido casi nada de su almuerzo, pues el porta-viandas regresó casi limpio pero Lorenzo se veía pálido.
—Es que la comida estaba tan rica, vieja, que me dio pena dejar un solo grano de arroz —le mintió, dándole un beso en la frente—. Pero mañana… mañana veremos qué nos depara el destino.
Lo que Lorenzo no sabía era que Mateo no se fue a su casa. El joven se quedó en el taller, cerró las puertas con llave y sacó un teléfono inteligente de última generación de su mochila.
Hizo una llamada corta.
—Sí, soy yo. El experimento terminó. Mañana a las ocho quiero a todo el personal administrativo en la entrada. Y cancelen el contrato de mantenimiento con la empresa de Arturo. Sí, de inmediato.
Mateo colgó y miró el banco donde Lorenzo se había sentado a compartir su almuerzo. Sus ojos se humedecieron. Nadie, en toda su vida de lujos y negocios, le había dado algo sin esperar nada a cambio.
Nadie, excepto un viejo mecánico que apenas tenía para el día.
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