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Crónicas de Barrio

La impostora en mi cama: el escalofriante secreto que mi empleada descubrió en el sótano

5 min de lectura

Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.

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El aire en el pasillo de la mansión se sentía más pesado que de costumbre, casi sólido.

Don Carlos sintió que el mundo se detenía mientras las palabras de Lucía, su empleada de toda la vida, flotaban en el ambiente como cenizas.

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—No me mire así, patrón —susurró Lucía, con los ojos anegados en lágrimas y las manos temblando violentamente—. Lo que le digo es la pura verdad, por la virgencita se lo juro.

Carlos miró hacia la puerta entreabierta de su habitación matrimonial.

Desde allí, podía ver el bulto suave bajo las sábanas de seda, la silueta de la mujer con la que se casó hace veinte años.

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Parecía dormir plácidamente, con esa respiración rítmica que tantas noches lo había arrullado.

—Lucía, estás delirando —respondió él, aunque su propia voz le sonó extraña, como si viniera de debajo del agua—. Elena está ahí. La vi cenar, la vi cepillarse el cabello… me dio un beso de buenas noches.

La empleada se acercó más, invadiendo el espacio personal de su patrón, algo que nunca habría hecho en circunstancias normales.

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Su aliento olía a café frío y a un miedo ancestral.

—¿Se fijó en sus ojos, Don Carlos? —preguntó ella en un hilo de voz—. ¿Se fijó que ya no tienen ese brillo color miel cuando le sonríe?

Carlos sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.

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Era cierto. En las últimas semanas, su esposa se sentía… diferente.

Más fría, más callada. Atribuía el cambio al cansancio, a los años, tal vez a una tristeza pasajera.

—Esa mujer es idéntica, patrón. Es como si un espejo hubiera cobrado vida —continuó Lucía, apretando su delantal—. Pero las manos… las manos de esa mujer no tienen la cicatriz que la señora se hizo cocinando el año pasado.

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Carlos recordó aquel domingo de lluvia.

Elena cortando verduras, el grito sordo, la sangre, y luego esa pequeña marca en forma de media luna en su dedo índice.

Sintió que las rodillas le flaqueaban.

—¿Dónde dices que está ella? —preguntó Carlos, sintiendo que el pecho le iba a estallar.

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—Abajo, patrón. En el sótano de las herramientas. Donde nadie entra desde que se dañó la caldera.

Lucía sacó una llave vieja y oxidada de su bolsillo.

—La escuché llorar anoche mientras yo limpiaba la alacena de la cocina. Un llanto bajito, como de animal herido. Al principio pensé que eran ratas, pero luego… luego escuché mi nombre.

Carlos tomó la llave. Estaba helada, como si hubiera estado guardada en una nevera.

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Miró una vez más hacia la habitación.

La mujer en la cama se movió ligeramente, dándose la vuelta.

Por un segundo, la luz de la luna iluminó su rostro. Era Elena. No había duda.

Su nariz perfecta, sus labios finos, su cabello castaño esparcido sobre la almohada.

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¿Cómo podía ser una impostora? Era un absurdo. Una locura digna de un manicomio.

—Venga conmigo, Don Carlos. Pero no haga ruido. Si ella se despierta y nos descubre, temo que ninguna de las dos salga viva de aquí.

Carlos, impulsado por una mezcla de terror y una esperanza desesperada, siguió a Lucía por las escaleras de servicio.

Cada crujido de la madera sonaba como un disparo en el silencio sepulcral de la noche.

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Atravesaron la cocina, donde el reloj de pared marcaba las tres de la mañana con un eco metálico.

Llegaron a la puerta del sótano, una entrada de madera pesada oculta tras una cortina de terciopelo.

Carlos introdujo la llave. Su mano temblaba tanto que falló el primer intento.

—Dios mío, ayúdame —susurró para sus adentros.

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El mecanismo giró con un quejido agudo.

Lucía encendió una pequeña linterna de mano, cuya luz bailaba errática sobre las paredes de piedra y humedad.

Bajaron los escalones uno a uno. El olor a moho y encierro se volvió insoportable.

Al fondo, detrás de una pila de muebles viejos y cajas de cartón deshechas por el tiempo, había una pequeña puerta de hierro que Carlos ni siquiera recordaba que existiera.

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—Está ahí dentro —dijo Lucía, deteniéndose a unos metros, paralizada por el pavor.

Carlos se acercó. Había una pequeña rejilla a la altura de los ojos.

Acercó su rostro, conteniendo el aliento.

Al principio no vio nada, solo oscuridad. Pero entonces, escuchó un sonido.

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Un sollozo débil, una súplica que apenas era un susurro.

—¿Carlos? ¿Eres tú, mi amor?

El corazón de Carlos se detuvo. Esa voz.

No era la voz de la mujer que estaba arriba, la que hablaba con un tono ligeramente más agudo.

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Esta era la voz real. La voz que conocía desde la universidad.

La voz que le había dicho «sí, acepto» ante el altar.

—¿Elena? —logró articular él, con el alma rota en mil pedazos.

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