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Justicia Poética

Sin título

8 min de lectura

Continuamos con la historia donde la dejamos, en medio de un juego de espejos donde cada palabra es una trampa…

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La impostora se retiró a la habitación con una elegancia que Carlos ahora encontraba repulsiva. Cada movimiento de ella parecía una coreografía estudiada frente a un espejo. Cuando la puerta de la biblioteca se cerró de nuevo, Carlos se dejó caer en su silla, tapándose el rostro con las manos. El perfume que ella había dejado en el aire —el mismo que él le había regalado a Elena por su aniversario— ahora le provocaba náuseas.

—María —llamó Carlos en un susurro—. Necesito que hagas algo muy peligroso.

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—Lo que sea por mi niña Elena, patrón —respondió la mujer sin dudar.

—Quiero que vigiles a esa mujer cada segundo que yo no esté. Si hace una llamada, si escribe un mensaje, si sale de la casa… necesito saberlo. Yo voy a ir a la curtiembre ahora mismo. Pero no puedo ir solo.

Carlos sabía que no podía confiar en su seguridad privada habitual; no sabía quién estaba en la nómina de los secuestradores. Hizo una llamada a un viejo amigo, un ex coronel de la policía que ahora se dedicaba a la investigación privada, un hombre que le debía la vida y que era conocido por su discreción absoluta.

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Dos horas después, Carlos se encontraba en un vehículo oscuro, estacionado a unos metros de la vieja curtiembre. El lugar se veía lúgubre bajo la luna menguante. Las ventanas rotas parecían cuencas vacías y el sonido del río cercano añadía un matiz fúnebre al ambiente.

—Tenga cuidado, Carlos —advirtió el coronel, revisando su arma—. Estos tipos no son aficionados. Si han logrado infiltrar a una doble en su casa sin que nadie lo note en una semana, estamos hablando de una organización profesional.

Caminaron sigilosamente entre la maleza. Carlos sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. El olor a químicos y humedad, tal como María lo había descrito, se hizo presente. Al acercarse a la parte trasera del edificio, escucharon el zumbido de un generador eléctrico.

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—El motor de agua —susurró Carlos.

Encontraron la puerta roja. Estaba oxidada y tenía un candado pesado que el coronel cortó con una cizalla con una maestría silenciosa. Al abrirse, una escalera de cemento se hundía en la oscuridad. Bajaron con linternas de baja intensidad, tratando de no hacer ruido.

En el fondo del sótano, tras una reja de hierro, había una figura sentada en un catre sucio. Estaba envuelta en una manta vieja y tiritaba de frío. Carlos sintió que se le desgarraba el alma.

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—¿Elena? —susurró con la voz rota.

La mujer levantó la cabeza. Sus ojos estaban hinchados de llorar, su cabello estaba sucio y su rostro pálido mostraba las huellas del terror. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Carlos, hubo una chispa de reconocimiento, un calor que la impostora jamás podría imitar.

—¿Carlos? ¿Eres tú de verdad? —la voz de la verdadera Elena era un hilo quebrado, pero llena de una dulzura que lo hizo llorar de alivio.

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El rescate fue rápido pero tenso. Elena estaba débil, pero podía caminar. Mientras salían del lugar, ella le contó lo que había sucedido. Su propia hermana gemela, de la que no sabía nada desde hacía veinte años, era quien la había suplantado. Una hermana que ella creía muerta, pero que había estado viviendo en la sombra, alimentando un rencor ciego por la fortuna y la felicidad de Elena.

—Se llama Irene —sollozó Elena mientras subían al auto—. Ella siempre me culpó de que nuestros padres me eligieran a mí para quedarse cuando se divorciaron. Pero yo no tuve la culpa, Carlos… yo era solo una niña. Ella dice que ahora le toca vivir mi vida, que yo ya disfruté bastante.

Carlos la abrazó con fuerza, jurando que nunca más permitiría que nada le pasara. Pero mientras conducían de regreso a un lugar seguro, una idea empezó a formarse en su mente. Una idea nacida de la rabia y del deseo de justicia.

—Elena, escúchame bien —dijo Carlos, mirándola a los ojos—. Mañana es la gala benéfica. Irene cree que va a presentarse ante toda la sociedad como la gran anfitriona. Cree que tiene el control de todo.

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—No quiero volver ahí, Carlos, tengo miedo —dijo Elena, temblando.

—No vas a volver para esconderte. Vas a volver para recuperar lo que es tuyo y para que todos vean quién es ella realmente. Vamos a planear algo que no solo la pondrá tras las rejas, sino que la humillará frente a todos los que ella pretendía engañar.

El plan era arriesgado. Durante el resto de la noche, Carlos instaló a Elena en una suite privada de un hotel bajo vigilancia extrema. Luego, regresó a la mansión antes del amanecer. Entró en la habitación matrimonial con el corazón de piedra.

Irene, la impostora, estaba despierta, sentada frente al tocador, probándose unas esmeraldas que pertenecían a la familia de Elena desde hacía tres generaciones. Al verlo entrar por el espejo, le dedicó una sonrisa gélida.

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—Llegas tarde, querido. ¿Mucho trabajo en la curtiembre? —preguntó ella con una naturalidad que le heló la sangre.

Carlos se quedó paralizado. Ella lo sabía. Sabía que él había ido allí. Pero, ¿por qué estaba tan tranquila?

—Solo revisaba unos asuntos pendientes —respondió él, tratando de mantener la calma—. Por cierto, Irene… digo, Elena… he decidido que para la gala de esta noche, deberías usar el vestido rojo que compramos en París. Ese que tiene la espalda descubierta.

La mujer frunció el ceño un segundo, pero luego sonrió.

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—Claro, mi amor. El rojo me sienta bien. Resalta mi… determinación.

Carlos salió de la habitación sintiendo que caminaba sobre una cuerda floja sobre un pozo de leones. La impostora no sospechaba que él ya sabía la verdad, o quizás estaba tan segura de su parecido que creía que podía manipularlo. Lo que ella no sabía era que Carlos ya había dado instrucciones a María para que preparara el escenario final.

La mansión se llenó de flores, música de cámara y el murmullo de la élite de la ciudad. Irene, vestida de rojo, se movía entre los invitados con una gracia felina, aceptando elogios y brindando con champán caro. Carlos la observaba desde la distancia, con una copa de agua en la mano, esperando el momento exacto.

Entre los invitados estaba su socio principal, Roberto, quien se acercó a Carlos con una sonrisa extraña.

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—Vaya, Carlos, Elena se ve radiante esta noche. Parece una mujer nueva, ¿no crees? Con más… fuego.

Carlos lo miró fijamente. Roberto siempre había tenido una debilidad por Elena, una envidia mal disimulada por la vida que Carlos llevaba. Fue en ese momento que todo encajó. Roberto era el «alguien cercano» que había ayudado a Irene. Él le había dado los detalles, los horarios, la información sobre la curtiembre.

—Sí, Roberto —respondió Carlos con voz gélida—. Es impresionante lo que una máscara puede hacer por una persona. Pero las máscaras siempre terminan cayéndose, especialmente cuando el pegamento es la traición.

Roberto se puso pálido, pero antes de que pudiera decir nada, Carlos caminó hacia el centro del salón y pidió silencio golpeando una copa con una cuchara de plata.

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—¡Atención a todos! —exclamó Carlos, captando todas las miradas—. Como saben, esta noche celebramos la generosidad y el amor. Pero antes de continuar con la subasta, quiero hacer un anuncio muy especial sobre mi esposa.

Irene se acercó a él, fingiendo timidez, colocándose a su lado. Carlos sintió su perfume y, por un momento, la odió con una intensidad que lo asustó.

—Muchos de ustedes conocen a Elena desde hace años —continuó Carlos—. Conocen su bondad, su historia. Pero pocos saben que Elena tiene un secreto… un secreto que ha estado oculto en la oscuridad y que hoy, finalmente, saldrá a la luz.

Irene le apretó el brazo con fuerza, sus uñas hincándose en su piel. Sus ojos le enviaron una advertencia silenciosa: «Cuidado con lo que dices». Pero Carlos solo sonrió.

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—Por eso —concluyó Carlos—, quiero presentarles a la verdadera reina de esta casa.

En ese momento, las luces del gran salón se apagaron, dejando solo un foco apuntando hacia la gran escalinata de mármol. Irene se quedó paralizada, su respiración se volvió errática.

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