Llegaste a la parte final de la historia y el desenlace te conmoverá…
Ricardo sentía que sus piernas flaqueaban. El nombre de Aurelio Valenzuela era legendario en el mundo de los negocios. Era el dueño de la cadena de hoteles y restaurantes más grande del país, un hombre que se decía que había empezado de la nada y que rara vez se dejaba ver en público. Había rumores de que le gustaba visitar sus negocios de incógnito para ver cómo funcionaban realmente cuando los jefes no estaban mirando.
—Señor… Don Aurelio… yo… yo no sabía —balbuceó Ricardo, intentando acercarse con las manos extendidas en un gesto de súplica—. Por favor, comprenda, yo solo trataba de mantener el estándar del lugar. Usted sabe cómo es la gente… uno no puede dejar que cualquiera…
—»Cualquiera» —lo interrumpió Don Aurelio con desprecio—. Ese «cualquiera» al que te refieres soy yo. Y ese «cualquiera» es también este joven que, a diferencia de ti, no ha olvidado lo que significa ser un ser humano.
Don Aurelio se volvió hacia Mateo, quien seguía parado allí, completamente atónito, sosteniendo todavía el delantal que Ricardo le había ordenado quitarse.
—Mateo, hijo, lamento que hayas tenido que ver esto —dijo el anciano con una calidez que contrastaba con el hielo que le dirigía a Ricardo—. Llevo tres días recorriendo mis restaurantes vestido así. En los otros dos, ni siquiera me dejaron pasar de la puerta. Me trataron como a un estorbo, como a basura.
Don Aurelio hizo una pausa, mirando a los comensales que ahora escuchaban con atención, muchos de ellos avergonzados por su propia indiferencia inicial.
—Pero aquí, tú no solo me dejaste entrar. Me diste un lugar donde sentarme, me trataste con dignidad y estuviste dispuesto a perder tu sustento, el pan de tu familia, por regalarle un tazón de sopa a un desconocido. Eso no se aprende en ninguna escuela de negocios, Ricardo. Eso se trae en el alma.
Ricardo estaba sudando frío. Intentó hablar, pero las palabras se le trababan en la lengua.
—Don Aurelio, por favor… he trabajado aquí cinco años… he subido las ventas…
—Has subido las ventas, pero has bajado la humanidad de este lugar —sentenció el dueño—. Y «La Toja» no se fundó para ser un club exclusivo de gente sin corazón. Se fundó para ser un lugar de excelencia, y la excelencia empieza por el trato al prójimo.
Don Aurelio miró a Arturo, su asistente.
—Arturo, asegúrate de que el señor Ricardo reciba su liquidación conforme a la ley. No quiero que diga que soy un injusto. Pero quiero que abandone el edificio en este preciso momento. Sus pertenencias personales le serán enviadas por mensajería.
—¡Señor, por favor! —suplicó Ricardo, casi de rodillas—. ¡Tengo deudas, tengo una reputación!
—Tu reputación la destruiste tú mismo en el momento en que me arrebataste ese tazón de sopa —dijo Don Aurelio con firmeza—. Seguridad, acompañen al ex-gerente a la salida.
Los mismos guardias que Ricardo había llamado para sacar a Mateo y al anciano, ahora tomaron a Ricardo por los brazos. El hombre, que hace diez minutos se sentía el rey del mundo, fue escoltado hacia la lluvia, bajo la mirada de todos los presentes.
Un aplauso tímido empezó en una mesa del fondo y pronto se extendió por todo el salón. Mateo, sin embargo, no aplaudía. Se sentía abrumado, con el corazón acelerado.
Don Aurelio se acercó al joven mesero y le puso una mano en el hombro.
—Mateo, ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Seis meses, señor —respondió Mateo con voz trémula.
—Bueno, creo que seis meses son suficientes para conocer el funcionamiento del suelo. Arturo me dice que tus reportes de asistencia son perfectos y que los clientes siempre destacan tu amabilidad. ¿Te gustaría ser el nuevo gerente de este restaurante?
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿Yo? Señor, yo no sé nada de administración… yo solo…
—Sabes lo más importante: sabes cuidar a la gente. El resto te lo enseñaremos. Pondré a Arturo a tu disposición para que te capacite durante los próximos tres meses. Tendrás un sueldo acorde a tu nuevo cargo, y por supuesto, un bono inmediato para que te encargues de cualquier necesidad que tenga tu familia.
A Mateo se le escapó una lágrima, esta vez de pura gratitud. Pensó en su madre, en que ya no tendría que elegir entre la comida y las medicinas.
—No sé cómo agradecerle, señor Valenzuela.
—Ya lo hiciste, Mateo. Me diste una sopa de verduras cuando pensabas que no tenía nada que darte a cambio. Ese es el mejor pago que he recibido en años.
Don Aurelio se volvió hacia la mesa donde el tazón de sopa derramado seguía siendo un mudo testigo de lo ocurrido.
—Y ahora, si no te importa, me gustaría que me traigas otro tazón de esa sopa. Pero esta vez, tráeme dos. Quiero sentarme a cenar con el nuevo gerente de «La Toja».
Aquella noche, mientras la lluvia seguía lavando las calles de la ciudad, dentro de aquel lujoso restaurante se aprendió una lección que ningún balance financiero podría igualar: que la verdadera riqueza no reside en lo que tienes en el banco, sino en lo que estás dispuesto a dar cuando crees que nadie te está mirando. Mateo y Don Aurelio compartieron la sopa, mientras en el exterior, un hombre arrogante descubría que el poder es tan efímero como el vapor de un caldo caliente, pero la bondad es una semilla que siempre, tarde o temprano, da los frutos más dulces.
Nunca subestimes a quien no tiene nada, porque podrías estar frente al dueño de todo.



El respeto, buen trato y consideración con todos, es de personas nobles y justas, sin importar su condición económica.
muy hermosa historia. Gracias.
Ese que se llama Ricardo se ganó una lección mas fue despedido por su crueldad en cambio a mateo fue amable y generoso en servir un tazón de viandas y el dueño le otorgó la gerencia por ser tan humilde y servicial y calidad de humanidad.