Continuamos con la historia justo en el momento en que la traición toca a la puerta…
El sonido de los tacones de Isabel resonaba en el mármol del recibidor con una seguridad que ahora a Ricardo le resultaba insultante.
Cada golpe del zapato contra el suelo parecía un martillazo en su orgullo.
Juana se escabulló por el pasillo de servicio, con el corazón galopando como un caballo desbocado.
Sabía que acababa de lanzar una bomba en medio de la sala y que, para bien o para mal, la vida en esa casa nunca volvería a ser la misma.
—¡Hola, mi amor! ¿Ya llegaste? —la voz de Isabel era melodiosa, casi musical—. No te esperaba tan temprano de la oficina.
Ricardo se quedó sentado tras su escritorio, con las manos entrelazadas para ocultar el temblor.
Vio entrar a su esposa por la puerta doble del despacho. Estaba radiante.
Llevaba bolsas de marcas exclusivas y una sonrisa que, hasta hace diez minutos, él habría considerado el mejor regalo de su día.
—Tuve poco trabajo hoy —respondió Ricardo, intentando que su voz sonara normal, aunque sentía un sabor amargo, como a hiel, en la garganta—. ¿Cómo te fue a ti? Veo que las tiendas estuvieron concurridas.
Isabel dejó las bolsas sobre uno de los sillones de cuero y se acercó a él para darle un beso en la mejilla.
Ricardo tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retirarse. El perfume de ella, ese aroma a jazmín que tanto le gustaba, ahora le revolvía el estómago.
—Ay, ya sabes cómo es esto. Una tiene que mantener la imagen para la gala de la próxima semana —dijo ella, acomodándose el cabello—. Por cierto, querido, necesito que me firmes un cheque extra para la fundación. Hubo un problema con las tuberías del comedor comunitario y hay que repararlo urgente.
Ricardo sintió una punzada en el pecho. Era tan fácil para ella. Mentía con la naturalidad con la que respiraba.
—¿Cuánto necesitas, Isabel? —preguntó él, abriendo el cajón donde acababa de esconder las pruebas de Juana.
—Unos doce mil dólares deberían bastar —dijo ella, sin pestañear—. Ya sabes que esos contratistas son unos aprovechados, pero no podemos dejar a los niños sin comer en un lugar inundado.
Ricardo sacó la chequera, pero no tomó la pluma. Se quedó mirando el papel en blanco durante unos segundos que parecieron eternos.
—Dime una cosa, Isabel… ¿Cómo está tu primo Luciano? —preguntó de repente, clavando sus ojos en los de ella.
El cambio en la expresión de Isabel fue sutil, pero Ricardo, que era un experto negociador, lo notó de inmediato.
Sus pupilas se contrajeron y sus manos, que jugueteaban con su collar de perlas, se detuvieron en seco.
—¿Luciano? Ah… bien, supongo —respondió ella, recuperando la compostura con una rapidez asombrosa—. Sigue buscando trabajo, ya sabes que la situación está difícil. ¿Por qué me preguntas por él ahora?
—Solo curiosidad —dijo Ricardo, levantándose del asiento—. Es que Juana me comentó que lo vio por aquí la semana pasada. Me extrañó que no pasara a saludarme, siendo de la familia.
Isabel soltó una risita forzada, ese sonido que ahora a Ricardo le parecía el chirrido de una tiza en un pizarrón.
—Ay, esa Juana… ya sabes que está un poco mayor y confunde a la gente. Seguro vio a alguno de los jardineros nuevos. Luciano ha estado en el campo visitando a su madre.
—Ya veo —murmuró Ricardo, rodeando el escritorio—. Entonces, el hombre que sale en estas fotos besándote en mi propio jardín… ¿debe ser un fantasma?
Ricardo sacó las fotos del sobre y las arrojó sobre la mesa.
Isabel palideció tanto que por un momento pareció que se iba a desmayar. Se acercó lentamente a la mesa, mirando las imágenes como si fueran serpientes venenosas.
—Ricardo… esto… esto no es lo que parece —empezó a decir, con la voz quebrada—. Puedo explicarlo. Alguien quiere hacerme daño, alguien manipuló estas fotos.
—¡No me mientas más! —el grito de Ricardo hizo que los cristales de la vitrina vibraran—. He visto los estados de cuenta, Isabel. Sé que has estado vaciando la fundación. Sé que el dinero de los niños ha ido a parar a los bolsillos de tu amante.
Isabel retrocedió, sus ojos buscaban una salida, una excusa, algo a lo que aferrarse. Pero el muro de mentiras que había construido con tanto cuidado se estaba desmoronando ladrillo a ladrillo.
—Él me obligó, Ricardo —sollozó ella, cubriéndose la cara con las manos, iniciando una actuación digna de un premio—. Luciano me estaba chantajeando. Me dijo que si no le daba dinero, te diría cosas horribles de mi pasado. Lo hice para protegernos, para proteger nuestro matrimonio.
Ricardo la miró con una mezcla de lástima y asco.
—¿Para protegernos? —preguntó con desprecio—. ¿Besándolo en mi jardín mientras yo trabajaba para darte esta vida de reina? ¿Robándole a los huérfanos para pagarle sus vicios?
—¡Es que tú nunca estás! —gritó ella, cambiando de táctica del llanto a la furia—. ¡Siempre estás con tus negocios, con tus papeles! Yo soy joven, necesito atención, necesito emoción. Tú solo eres un viejo que compra cosas para llenar el vacío.
Esas palabras fueron como una estocada final. Ricardo sintió que sus años le pesaban más que nunca, pero en ese momento, una extraña calma lo invadió.
La calma de quien ya no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo.
—Tienes razón, Isabel. Soy un viejo. Un viejo que fue lo suficientemente tonto como para creer en tus palabras dulces —dijo él con una frialdad que la hizo estremecer—. Pero este viejo también es el dueño de todo lo que llevas puesto.
Ricardo tomó el teléfono del escritorio y marcó un número de extensión interna.
—Juana, por favor, ven al despacho. Y trae a los de seguridad contigo.
Isabel se quedó petrificada.
—¿Seguridad? Ricardo, no puedes hacerme esto. Soy tu esposa. Tenemos un contrato prenupcial que me protege.
—Ese contrato tiene una cláusula de infidelidad y otra de conducta delictiva, Isabel —respondió él, sentándose de nuevo con una autoridad que ella nunca le había visto—. Y robarle a una fundación benéfica registrada es un delito federal. No solo te vas a ir de esta casa sin un centavo, sino que probablemente pases una buena temporada tras las rejas.
En ese momento, la puerta se abrió. Juana entró, seguida por dos hombres corpulentos del equipo de seguridad de la propiedad.
Isabel miró a Juana con un odio puro, visceral.
—¡Tú! —gritó Isabel, señalando a la mucama—. ¡Maldita muerta de hambre! ¡Tú me arruinaste la vida! ¡Deberías haberte quedado limpiando los pisos en lugar de meterte donde no te llaman!
Juana se mantuvo firme. No bajó la cabeza esta vez.
—Yo limpio los pisos, señora, pero mis manos están limpias de pecado —respondió Juana con una voz tranquila y llena de paz—. Usted, en cambio, tiene el alma manchada de una suciedad que no se quita ni con todo el cloro del mundo.
Ricardo hizo una señal a los guardias.
—Acompañen a la señora Isabel a su habitación. Tiene diez minutos para recoger sus objetos personales básicos. Nada de joyas, nada de bolsos caros que no haya comprado con su propio dinero antes de casarse conmigo. Todo lo demás se queda aquí.
—¡No puedes hacerme esto! —chillaba Isabel mientras los guardias la tomaban suave pero firmemente por los brazos—. ¡Ricardo, por favor! ¡Te amo! ¡Fue un error!
Sus gritos se fueron perdiendo por el pasillo mientras la llevaban escaleras arriba.
El despacho quedó de nuevo en silencio, un silencio que esta vez se sentía más ligero, como si la casa hubiera soltado un aire contaminado que llevaba años reteniendo.
Ricardo se tapó la cara con las manos y dejó escapar un suspiro profundo. Juana se acercó lentamente y puso una mano sobre su hombro.
—Lo siento mucho, Don Ricardo. Sé que esto duele.
—Duele el engaño, Juana. Pero lo que más me duele es que ella tuviera razón en algo —dijo él, mirando sus manos—. Me olvidé de lo que realmente importa por estar pendiente de los negocios. Me rodeé de lujos y me olvidé de buscar la verdad.
—Usted es un buen hombre, patrón —dijo Juana con sinceridad—. Y los buenos hombres a veces son los más fáciles de engañar porque no esperan la maldad de los demás.
—Gracias, Juana. De verdad, gracias —Ricardo se levantó y la miró a los ojos—. Pero esto no se va a quedar así. Isabel pensó que podía pisotear a esta casa y a la gente que realmente me quiere.
Ricardo caminó hacia la ventana y vio cómo el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas.
—Juana, necesito que me ayudes con algo más. Mañana mismo quiero que hables con tu hijo, el que es abogado.
Juana abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿Mi hijo, patrón? Pero él apenas está empezando, no tiene un gran despacho…
—No me importa. Sé que es un hombre honesto porque es tu hijo. Quiero que él lleve el caso de la auditoría de la fundación. Y quiero que tú… bueno, tú ya no vas a limpiar más pisos en esta casa.
Juana se quedó sin palabras. No entendía a qué se refería el patrón.
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