El destino está a punto de revelarse, sigue acompañando a Elena en este momento crucial…
El pánico recorrió la columna de Elena como una descarga eléctrica.
Intentó guardar el sobre de cuero en el bolsillo de su delantal, pero sus dedos, torpes por los nervios, dejaron caer las fotografías sobre el mármol recién pulido.
—¿Qué estás haciendo, Elena? Te dije que limpiaras, no que te quedaras ahí pasmada como una idiota —la voz de Victoria entró en la habitación antes que ella.
Cuando la patrona cruzó el umbral y vio a Elena de rodillas, no limpiando, sino rodeada de papeles viejos, su rostro cambió de color.
La palidez de la ira transformó sus facciones en una máscara de odio puro.
—¿Qué es eso? ¡Suelta eso ahora mismo! —chilló Victoria, lanzándose hacia Elena con una agilidad que no correspondía a su elegancia fingida.
Elena, movida por un instinto que ni ella misma sabía que poseía, recogió la carta y las fotos, poniéndose de pie de un salto.
—Esto… esto le pertenecía a don Aurelio, ¿verdad? —preguntó Elena, con una voz que ya no temblaba.
Victoria se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en la fotografía que Elena sostenía.
—Dame eso. Es basura. Cosas viejas que mi padre debió tirar hace años —dijo Victoria, extendiendo la mano con un temblor imperceptible—. No tienes derecho a tocar las pertenencias de esta familia, gata igualada.
—En esta foto está mi madre, doña Victoria —dijo Elena, sintiendo que una fuerza ancestral nacía en sus entrañas—. Y este hombre… este hombre me mira como nunca nadie me ha mirado.
Victoria soltó una carcajada nerviosa, una que sonaba a cristal rompiéndose.
—Tu madre era una sirvienta, Elena. Al igual que tú. Mi padre solo fue… generoso con ella. Nada más. Ahora, dame ese sobre antes de que llame a la policía y te acuse de robo agravado.
Pero Elena ya había leído las primeras líneas de la carta.
Don Aurelio no hablaba de «generosidad». Hablaba de un matrimonio secreto. Hablaba de una herencia legítima. Hablaba de cómo Victoria y su madre, la primera esposa de Aurelio, habían amenazado de muerte a la madre de Elena para que desapareciera con su bebé en brazos.
—Ustedes nos lo quitaron todo —susurró Elena, las lágrimas finalmente rodando por sus mejillas—. Mi madre murió pensando que él nunca la quiso. Murió en la pobreza, limpiando casas ajenas, mientras ustedes vivían en este palacio que… que según este papel, no les pertenece.
Victoria perdió los estribos. Se abalanzó sobre Elena, tratando de arrancarle los documentos.
Forcejearon en medio del gran salón. El balde con agua y jabón se volcó, empapando el vestido de seda de Victoria y el humilde uniforme de Elena.
—¡Tú no eres nadie! —gritaba Victoria mientras tiraba del cabello de Elena—. ¡Eres solo una empleada! ¡Nadie te va a creer! ¡Ese papel no vale nada!
Elena logró zafarse y corrió hacia la salida principal, pero Victoria fue más rápida y cerró la puerta con llave, bloqueando la salida.
—De aquí no sales con eso —sentenció Victoria, su respiración agitada revelando su desesperación—. Ese testamento fue anulado. Mi abogado se encargó de todo. Si intentas hacer algo, terminarás en la cárcel y tu hija… esa tal Lucía… se quedará sola en la calle. ¿Eso es lo que quieres?
Elena se quedó paralizada. El nombre de su hija en la boca de esa mujer sonaba como una blasfemia.
—¿Cómo sabe el nombre de mi hija? —preguntó Elena con horror.
—Sé todo sobre ti, Elena. Sé dónde vive, sé a qué universidad quiere ir… —Victoria se acercó con una sonrisa depredadora—. Si me das ese sobre ahora mismo, te daré suficiente dinero para que ella termine su carrera y nunca más tengas que arrodillarte ante nadie. Piénsalo. Es un trato justo.
Elena miró el sobre en sus manos y luego miró a la mujer que representaba todo lo que estaba mal en el mundo.
Por un segundo, la duda la asaltó. El bienestar de Lucía era su prioridad absoluta.
Pero entonces, recordó los ojos cansados de su madre en su lecho de muerte, susurrando el nombre de «Aurelio» con una tristeza que le partió el alma.
Recordó las humillaciones, los años de trabajo forzado, la justicia que le habían robado no solo a ella, sino a la sangre de su sangre.
—Mi madre no me enseñó a vender mi dignidad, doña Victoria —dijo Elena con una calma que aterrorizó a la patrona.
—Entonces no me dejas opción —Victoria tomó un pesado jarrón de cristal de una mesa lateral, con la clara intención de golpear a Elena.
En ese momento, el timbre de la mansión resonó en toda la casa, seguido de unos golpes firmes en la madera de la puerta principal.
—¡Victoria! ¡Abre! Sé que estás ahí —una voz masculina, profunda y autoritaria, se escuchó desde el otro lado.
Victoria palideció aún más, si es que eso era posible.
—¿Mauricio? —susurró ella, bajando el jarrón.
Mauricio era el hermano menor de Victoria, el hijo que Aurelio tuvo con su primera esposa, pero que siempre fue el «rebelde» de la familia.
Elena aprovechó la distracción. Corrió hacia el ventanal que daba al jardín y, sin pensarlo dos veces, usó una silla para romper el cristal.
El estruendo fue ensordecedor.
Elena saltó hacia el jardín, ignorando los cortes en sus brazos, y corrió como si su vida dependiera de ello, apretando el sobre contra su pecho.
—¡Detenla! ¡Mauricio, detenla! —gritaba Victoria desde la ventana rota.
Pero Mauricio, que acababa de entrar tras forzar la cerradura, se quedó mirando a la mujer que huía y luego a su hermana desquiciada.
Elena no se detuvo hasta llegar a la calle principal, donde un taxi pasaba por casualidad.
—¡Al centro! ¡Rápido! —le gritó al conductor.
Mientras el auto se alejaba, Elena abrió el sobre una vez más.
Debajo de la carta, había algo que no había visto antes: una llave pequeña, dorada, con una etiqueta que decía «Caja 402 – Banco Nacional».
El clímax de esta historia estaba lejos de terminar, y la verdadera batalla por la justicia apenas comenzaba.
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