Continuamos con la historia justo en el momento de la confrontación…
«—¿Qué te pasa, loco? ¿Por qué me vienes siguiendo? —gritó Santi, tratando de ocultar el temblor en sus manos mientras se bajaba de la moto.»
Esteban no respondió de inmediato.
Se limitó a caminar hacia el joven, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros.
Santi tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Quítate el casco —ordenó Esteban con una voz que no admitía réplicas.
—¡Oblígame! —respondió el muchacho, intentando recuperar un poco de su perdida arrogancia ante la mirada de los obreros de la construcción que habían dejado de trabajar para ver qué pasaba.
Esteban sonrió, pero no era una sonrisa de alegría.
Era la sonrisa de quien sabe que tiene todas las cartas a su favor.
—No te lo voy a pedir dos veces, muchacho. Quítate el casco y mírame a los ojos, o te juro que este va a ser el último día que manejes esa juguetito —sentenció Esteban.
Santi, sintiendo la presión de la gente que empezaba a rodearlos y la presencia imponente del hombre, cedió.
Se quitó el casco, revelando un rostro joven, casi de niño, con el cabello despeinado y los ojos llenos de una mezcla de rabia y terror.
—¿Te sentiste muy valiente allá atrás, verdad? —preguntó Esteban, señalando hacia la dirección de donde venían—. Te sentiste muy hombre humillando a una anciana que no tiene nada.
—Fue solo una broma, viejo. No es para tanto —balbuceó Santi, intentando restarle importancia al asunto.
En ese momento, Esteban lo tomó de la solapa de su costosa chaqueta de cuero.
No lo golpeó, pero lo sacudió con tal fuerza que el joven perdió el equilibrio por un segundo.
—¿Una broma? —repitió Esteban—. Una broma es cuando ambos se ríen. Ella estaba llorando. Estaba temblando de frío porque le arrojaste agua encima como si fuera basura.
La gente alrededor empezó a murmurar.
Alguien gritó: «¡Sinvergüenza!», y otro más añadió: «¡Deberían llamar a la policía!».
Santi miraba a todos lados buscando una salida, pero estaba rodeado.
La humillación que él le había causado a doña Rosa ahora se estaba volviendo en su contra, multiplicada por cien.
—Súbete a la moto —le ordenó Esteban.
—¿Qué? —preguntó Santi, confundido.
—He dicho que te subas. Vas a regresar ahora mismo. Y vas a hacer exactamente lo que yo te diga, o te aseguro que mañana tu cara estará en todas las noticias por lo que le hiciste a esa señora.
Santi, sin más opciones, obedeció.
Esteban se subió a su camioneta y, escoltándolo de cerca, lo obligó a dar la vuelta.
Fue el viaje más largo en la vida del joven.
Cada semáforo, cada mirada de otros conductores, se sentía como una condena.
Mientras tanto, de vuelta en el lugar original, doña Rosa seguía intentando secarse con un pañuelo viejo que un transeúnte le había regalado.
Varios se habían acercado a ofrecerle unas monedas, conmovidos por lo que habían presenciado, pero la tristeza de la mujer era profunda.
De pronto, el sonido de la moto regresó.
Doña Rosa se encogió en su silla, temiendo que el joven hubiera vuelto para seguir atormentándola.
Pero esta vez, la moto se detuvo suavemente a unos metros.
Detrás de ella, la imponente camioneta negra se estacionó de forma protectora.
Esteban bajó primero y se acercó a doña Rosa.
—Ya regresamos, madrecita. Le traje a alguien que tiene algo muy importante que decirle —dijo Esteban, mientras le hacía una seña a Santi para que se acercara.
El joven caminó hacia la silla de ruedas.
Su cabeza estaba gacha.
La soberbia que mostraba minutos antes se había evaporado por completo.
Frente a él, la anciana lo miraba con unos ojos que no tenían odio, sino una profunda decepción.
—Pide perdón —dijo Esteban, cruzándose de brazos.
Santi tragó saliva.
Había mucha gente mirando ahora.
Teléfonos celulares estaban grabando la escena.
—Lo siento… señora —susurró el joven.
—Más fuerte. Que ella te escuche y que todos los que te vieron humillarla te oigan ahora —exigió Esteban.
—¡Perdóneme, señora! ¡No debí hacerlo! —gritó Santi, con la voz quebrada.
Doña Rosa guardó silencio por unos segundos que parecieron eternos.
Miró al joven, luego a Esteban, y finalmente suspiró.
—La maldad es una enfermedad del corazón, mijo —dijo la anciana con una voz suave pero firme—. Yo te perdono, pero reza para que la vida no te trate nunca como tú me trataste a mí hoy.
Santi pensó que con eso todo había terminado.
Hizo ademán de retirarse hacia su moto, pero la mano de Esteban volvió a posarse sobre su hombro.
—Espera, muchacho. El perdón es gratis, pero el daño hay que repararlo —dijo Esteban con una sonrisa enigmática—. Y apenas estamos empezando.
Esteban le pidió a doña Rosa que le indicara dónde vivía.
Ella, un poco apenada, le explicó que vivía en una pequeña habitación alquilada en un barrio humilde a las afueras.
—Súbanla a la camioneta —ordenó Esteban a dos hombres que estaban cerca y que se ofrecieron a ayudar—. Y tú, Santi, vas a seguirnos. Vamos a conocer tu «broma» de cerca.
Santi no entendía nada, pero el miedo a las consecuencias legales y la autoridad natural de Esteban lo obligaron a seguir.
El convoy llegó a una zona de casas de madera y techos de lámina.
Cuando doña Rosa señaló su puerta, Santi sintió un nudo en el estómago.
Era un lugar extremadamente pobre, pero impecablemente limpio.
Esteban hizo que Santi entrara a la pequeña habitación.
En una esquina, había una foto de un hombre joven con uniforme militar.
—Es mi nieto —dijo doña Rosa—. Murió hace años. Él era quien me cuidaba. Desde entonces, estoy sola.
Santi miró la foto y luego miró su propia ropa de marca y su casco de cinco mil pesos.
Por primera vez en su vida, sintió una vergüenza que le quemaba las entrañas.
Pero lo que Esteban estaba por revelar cambiaría la percepción de todos sobre este encuentro.
—¿Sabes por qué te seguí, Santi? —preguntó Esteban, mientras sacaba su teléfono—. Porque yo sé exactamente quién eres.
El rostro de Santi se puso pálido como el papel.
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