Sabía que no podrías quedarte con la duda después de ver esa despedida; hiciste bien en venir a descubrir cómo termina este juego de máscaras.
El sonido de los tacones de Elena contra el suelo de mármol de la entrada resonaba como una cuenta regresiva. Roberto, sentado en su sillón de siempre, sostenía una taza de café que ya se había enfriado, pero no le importaba. La observaba a través del reflejo de un cuadro en la pared, notando cada detalle de su transformación. Ella no se iba a una conferencia de negocios en otra ciudad; se iba a una cacería, y él era la presa que ella creía haber devorado hace mucho tiempo.
—¿Seguro que estarás bien estos cinco días, mi amor? —preguntó Elena, acercándose para darle un beso en la mejilla que supo a falsedad y a un perfume que él no le había comprado.
—Estaré perfectamente, Elena. Ve tranquila, enfócate en tus «negocios» —respondió Roberto con una voz suave, casi sumisa, la misma voz que ella había confundido con debilidad durante los últimos tres años.
Ella le dedicó una sonrisa condescendiente, esa que se le da a alguien a quien ya no se respeta, y cruzó el umbral de la puerta. Roberto escuchó el motor del auto alejarse y, solo entonces, dejó la taza sobre la mesa. El temblor en sus manos no era de miedo, sino de una adrenalina gélida que llevaba semanas cocinando en su pecho. Se puso de pie, caminó hacia su despacho y encendió la pantalla de su computadora personal.
En el monitor, un pequeño punto rojo parpadeaba con insistencia sobre el mapa de la ciudad. Elena no se dirigía al aeropuerto. El GPS oculto en el forro de su maleta de diseñador indicaba que se movía hacia el norte, hacia la zona más exclusiva de la ciudad, donde los secretos se esconden tras fachadas de cristal y cuentas bancarias astronómicas.
Roberto suspiró, frotándose las sienes. Recordó los inicios, cuando ella era una joven ambiciosa y él un hombre que creía que el dinero era solo una herramienta para hacer feliz a la mujer que amaba. Qué equivocado estaba. El dinero no compra felicidad, pero sí que compra las máscaras más hermosas.
—¿Ya salió? —preguntó una voz a través del intercomunicador de su escritorio. Era Marcos, su jefe de seguridad y el único hombre en el que confiaba plenamente.
—Va camino al «L’Etoile Royale». Parece que no pudo esperar ni una hora para celebrar —dijo Roberto, con una frialdad que hasta a él mismo lo sorprendió—. Prepara el equipo. Quiero audio y video en tiempo real. No quiero que se pierda ni un suspiro de su traición.
Mientras se vestía con un traje que Elena nunca le había visto —uno que no gritaba «esposo aburrido», sino «hombre de poder»—, Roberto repasaba mentalmente los documentos que tenía en su caja fuerte. Ella pensaba que el fideicomiso estaba a su nombre. Ella pensaba que, tras cinco años de matrimonio, la mitad de la fortuna que él había construido con sudor y noches de insomnio le pertenecía por derecho de «sacrificio».
Lo que Elena no sabía era que Roberto siempre había sido tres pasos más astuto. El amor lo había cegado un tiempo, sí, pero el instinto de supervivencia de un hombre que empezó desde abajo nunca muere del todo. Había notado las llamadas a deshoras, los gastos excesivos en hoteles que no figuraban en sus itinerarios de trabajo, y esa mirada de asco contenida cada vez que él intentaba ser afectuoso.
Se miró al espejo y se ajustó la corbata de seda negra. Ya no veía al hombre herido. Veía al arquitecto de una caída estrepitosa. Elena quería su fortuna para gastarla con Julián, ese joven instructor de tenis con ínfulas de modelo que le susurraba promesas al oído mientras vaciaba, indirectamente, las cuentas de Roberto.
—Es hora de ir al restaurante —murmuró Roberto para sí mismo—. La cena está servida, pero el postre va por mi cuenta.
Salió de la casa por la puerta trasera, donde un auto negro con vidrios polarizados ya lo esperaba. Mientras el vehículo se deslizaba por las calles iluminadas, Roberto observaba la ciudad con una calma aterradora. Sabía que esa noche, su vida cambiaría para siempre. No solo se desharía de una mujer que no lo amaba, sino que recuperaría la dignidad que ella había intentado pisotear bajo sus tacones de mil dólares.
El punto rojo en su teléfono se detuvo. Ella ya estaba allí. En el restaurante más caro de la zona, reservado solo para la élite, Elena se sentía reina. Lo que no sabía era que su trono estaba hecho de naipes y que Roberto estaba a punto de soplar.
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Excelente, me encanta leer estas pequeñas historias.
Pasa en la vida real.
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