La mañana del colapso, cuando la empresa estaba a punto de firmar un contrato que la habría hundido, Rosa hizo algo que nunca había hecho: habló. Se paró frente al director y le dijo que el hombre con quien iban a firmar era el mismo que había estafado a otra oficina donde ella había trabajado.
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El director casi la despide por atrevida. Pero mandó a investigar, más por orgullo que por fe. Rosa tenía razón. El contrato era una trampa. La firma se canceló doce horas antes de la ruina.
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