Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento más oscuro para Elena…
Elena cerró los ojos, apretando los párpados con tanta fuerza que vio estrellas. El pánico intentaba devorarla, pero su instinto de protección era más fuerte. Estaba sola en ese pasillo, rodeada de lujos que en ese momento le parecían cenizas. ¿Medio millón de dólares? Ella tenía ahorros, sí, y la pensión de Ricardo, pero no esa cantidad líquida en tan poco tiempo.
— Mateo, escúchame —dijo ella, tratando de que su voz no temblara—. No tengo ese dinero en efectivo ahora mismo. Los bancos están cerrados. Por favor, déjame hablar con Alejandro. Necesito saber que está bien.
Se escuchó un forcejeo al otro lado de la línea, y luego la voz pequeña y confundida de su hijo.
— ¿Mami? Papá dice que vamos a ir a comprar helado, pero está conduciendo muy rápido. ¿Cuándo vienes?
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Elena, pero se las limpió con un gesto violento. Tenía que ser fuerte por él.
— Mi amor, escucha bien a mamá. Quédate tranquilo, ¿sí? Juega un ratito con… con tu tío. Mamá irá por ti muy pronto. Te amo más que a nada en el mundo, Alejandro. No lo olvides.
— Yo también te amo, mami. Pero papá está un poco triste, tiene una cicatriz en la cara que antes no tenía…
La llamada se cortó abruptamente. Mateo no quería que ella supiera más.
Elena se puso en pie. Sus piernas se sentían como de gelatina, pero caminó con paso firme hacia la salida del hotel. No podía confiar en nadie dentro de esa fiesta. Si Mateo estaba vivo y la había estado observando, significaba que conocía cada uno de sus movimientos.
¿Cómo era posible que Mateo hubiera sobrevivido? Elena recordó el día del naufragio. La tormenta había sido implacable. Ricardo, siempre el protector, le había dado su chaleco salvavidas a Mateo cuando el motor explotó, porque Mateo no sabía nadar bien. Al final, fue Ricardo quien se hundió, exhausto, mientras intentaba mantener a flote a su hermano.
Pero Mateo, en su egoísmo infinito, debió haber aprovechado la confusión para desaparecer, quizás para escapar de las deudas que ya lo asfixiaban en aquel entonces, dejando que su propia familia lo llorara como a un muerto.
Elena subió a su coche. Sus manos golpeaban el volante con frustración. Tenía que pensar. Medio millón de dólares. No los tenía, pero sabía quién sí. Su suegro, el padre de Ricardo y Mateo, don Fausto Valente, era un hombre de inmensa fortuna y un carácter de hierro. El problema era que don Fausto siempre había culpado a Elena de la muerte de Ricardo, diciendo que si ella no hubiera insistido en ese viaje familiar, su hijo favorito seguiría vivo.
Pero no había otra opción. Elena condujo a toda velocidad hacia la mansión de los Valente, ubicada en las colinas de la ciudad. Mientras conducía, los recuerdos la asaltaban. Recordó a Mateo intentando seducirla años atrás, antes de que se casara con Ricardo. Recordó su mirada de envidia cada vez que Ricardo lograba algo. No era solo dinero lo que Mateo quería; era la vida de su hermano. Quería su esposa, su hijo y su lugar en el mundo.
Al llegar a la mansión, los guardias la dejaron pasar tras ver su estado de desesperación. Entró en la biblioteca de don Fausto sin llamar. El anciano estaba sentado frente a la chimenea, con una manta sobre las piernas y un vaso de whisky en la mano.
— ¿Qué haces aquí, Elena? —preguntó el hombre sin mirarla—. No eres bienvenida en esta casa.
— Mateo está vivo —soltó ella sin preámbulos.
Don Fausto se quedó petrificado. El vaso de whisky estuvo a punto de resbalar de sus dedos nudosos. Lentamente, giró la cabeza para mirarla con sus ojos grises y cansados.
— ¿Qué clase de broma cruel es esta? Mi hijo murió hace cuatro años. Lo enterramos… bueno, enterramos a Ricardo y a él le rezamos.
— No, Fausto. Solo enterramos a Ricardo. Mateo se acaba de llevar a Alejandro de la recepción. Me pidió medio millón de dólares. Usó su rostro, el rostro de Ricardo, para engañar a los guardias y a mi propio hijo.
El anciano se puso en pie con una agilidad que no parecía propia de su edad. La incredulidad en su rostro se transformó rápidamente en una sombra de reconocimiento. Él conocía a Mateo mejor que nadie. Sabía de lo que era capaz su hijo menor.
— Ese maldito… —susurró don Fausto—. Siempre fue un parásito. Si está vivo y ha tocado a mi nieto…
— Necesito el dinero, Fausto. No por él, sino por Alejandro. No puedo arriesgarme.
Don Fausto caminó hacia una caja fuerte oculta tras un cuadro de caza. Sus manos temblaban mientras marcaba la combinación.
— No le daremos nada —dijo el anciano con una voz que recuperaba su antigua autoridad—. Si le das ese dinero, nunca dejará de perseguirlos. Mateo es como un lobo hambriento; una vez que le das de comer, siempre regresa por más.
— ¡Es mi hijo, Fausto! ¡No me importa el dinero!
— Escúchame bien, Elena. Vamos a ir al lugar del intercambio, pero no iremos solos. Mateo cree que soy un viejo acabado, pero todavía tengo amigos en lugares que él no imagina.
En ese momento, el teléfono de Elena volvió a sonar. Era un mensaje de texto con una ubicación: «El viejo astillero. Solo tú. Si veo a alguien más, el niño se va al fondo del mar, como su padre».
El corazón de Elena se saltó un latido. «Como su padre». Mateo estaba admitiendo que él tuvo algo que ver con que Ricardo no sobreviviera. La ira, una furia roja y cegadora, reemplazó al miedo.
— Me voy —dijo Elena, arrebatándole un maletín que don Fausto acababa de sacar de la caja fuerte—. No me sigas con la policía. No voy a perder a mi hijo por tu orgullo.
— Elena, detente —le gritó el anciano, pero ella ya corría hacia la salida.
Mientras conducía hacia el astillero abandonado, la lluvia comenzó a caer, una cortina de agua densa que dificultaba la visión. Elena sentía que el espíritu de Ricardo estaba con ella en ese coche, dándole la fuerza necesaria. Llegó al lugar, una zona industrial desolada donde los esqueletos de barcos antiguos se alzaban como monstruos de metal bajo la tormenta.
Apagó el motor. El silencio era aterrador, solo roto por el golpeteo de la lluvia sobre el techo del vehículo. Bajó con el maletín en la mano, sintiendo el frío calarse hasta sus huesos.
— ¡Mateo! ¡Estoy aquí! —gritó, su voz perdiéndose en el rugido del viento.
De las sombras de un almacén en ruinas, emergió una figura. Llevaba una gabardina oscura y caminaba con una cojera leve. Cuando la luz de un poste lejano iluminó su rostro, Elena casi cae de rodillas. Era Ricardo. Era exactamente su Ricardo, pero con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y una mirada vacía, carente de toda la bondad que su esposo solía tener.
— Puntual como siempre, Elena —dijo el hombre, con una sonrisa torcida que le dio náuseas—. ¿Traes el juguete que te pedí?
— ¿Dónde está Alejandro? —preguntó ella, apretando el maletín contra su pecho.
Mateo señaló hacia el interior del almacén. Allí, sentado en una silla de madera, estaba el pequeño Alejandro, atado con suavidad pero con firmeza. El niño tenía los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas, pero al ver a su madre, intentó gritar su nombre a través de la mordaza de tela.
— Suéltalo primero —exigió Elena, dando un paso adelante.
— Primero el dinero —replicó Mateo, extendiendo la mano—. No confío en ti. Siempre fuiste la inteligente de la pareja. Ricardo era el tonto emocional, por eso fue tan fácil dejarlo caer cuando el bote volcó.
Elena sintió que el mundo se detenía.
— ¿Tú lo dejaste morir? —susurró ella, con la voz temblando de horror—. Él te dio su chaleco… él te salvó la vida.
— Él era un estorbo, Elena. Siempre lo tuvo todo: el amor de papá, la empresa, a ti… Yo solo quería mi parte. Y ahora, voy a tenerla.
Mateo se acercó a ella, pero antes de que pudiera tocar el maletín, un sonido metálico resonó en la oscuridad. El clic de un arma siendo amartillada.
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